Posteado por: FILATINA | 19 octubre, 2006

Rebelión en la quinta

“¡Seremos fiambre, o seremos nada!” dijo Napoleón.

Así enunciada la verdad universal sobre la inevitabilidad del cambio de estado y de estantería en el almacén del mundo el anuncio sonó cuanto menos muy provocador. Sobre todo teniendo en cuenta el precio a futuro del fiambre en un país agrícola-ganadero.

Habiendo logrado y demostrado fehacientemente la primera parte del apotegma, el recuerdo de Napoleón ha provocado eficiente y eficazmente la consumación de la conclusión proposicional. Sobre todo teniendo en cuenta que el fiambre ya se nos ha ido de las manos a los que comprobamos que, efectivamente, somos nada.

Con el paso del tiempo y el advenimiento del mercado, la granja de Napoleón ha sido degradada a categoría de quinta y la quinta ha pasado a la historia gracias a la competencia entre hormigas constructoras y camioneros sin gasoil. El fiambre, bien gracias, bajo una campana de cemento esperando la acumulación de otros cortes que eviten la soledad y sin atosigamientos, y las moscas zumbando casi gremialmente alrededor de las cabezas sindicalizadas de los ladrones de turno.

Acto seguido, en el pasado, dijo Napoleón: “Los únicos privilegiados son los niños”. Hoy parece que los niños a los que se refería se detuvieron en el tiempo y hacen uso y abuso de los privilegios que los separan del resto de la sociedad. A los llegados más tarde, en inferioridad de condiciones y sin amparo evitable, que los salve Magoya, ente sin cadáver conocido ni expropiado ni vapuleado. Parece que sin cadáver es al pedo salvar a nadie a menos que hayan pasado dos mil años desde el escamoteo.

Luego anunció: “Sólo la organización vence al tiempo”. Y entonces los clubes de fútbol y los sindicatos formaron legiones de barras bravas para que no les robaran sus costosos trapos coloridos en las colosales y desgraciadas degradaciones humanas.

Luego y muy ¿sagazmente?, sólo eso, echó de una plaza a “esos estúpidos imberbes”. Esos estúpidos imberbes, que no niños, crecieron a ritmo de soja y hoy copan cualquier plaza aunque el césped ya no crezca y el guardián no pasa de ñoqui a sueldo municipal.

Curioso resulta que hoy ni los piqueteros van a las quintas a juntar cartones. Son cartoneros pero para nada boludos, sólo son excluídos, ni coprófagos.

Y de los pinguinos, mejor ni hablar.

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