Posteado por: FILATINA | 18 noviembre, 2006

Mare Nostrum

Cuando el éxito de la percepción mayoritaria entre las gentes es contraria a la idea de que existe vida más allá de lo necesario y suficiente entonces se desarrolla el interés por el sostenimiento del concepto de que la vida es lo que sucede entre los dos cambios de estado incontrolables por el individuo que se resumen como el nacimiento y la muerte.

La fórmula para el pasaje feliz entre cambios de estado no está determinada ni por comprensión ni por extensión. Diríase hoy que las metáforas recetarias cambian de formulario de acuerdo al médico que se atreva a diagnosticar las complejidades de un tránsito complejo de las individualidades y las solidaridades que sostiene el conjunto más allá de su yacencia en el desconocimiento de lo que los enferma por carencia de ánimo y fortaleza para superar lo que no se da, o se le niega por acción u omisión, dentro de un hospital que aparentemente se va transformando en loquero.

Entonces resulta utilitario transformar la preocupación moral en ocupación por desocupar las camas invadidas por gentes que el sistema define como ocupantes innecesarios de este mundo que podría ser mejor en caso de que ya no existieran por motivos de raza, credo, edad, geografía que alberga recursos escasos, hambre inducido, y principalmente resistencia natural a desaparecer de donde hace falta invertir dinero sin riesgos de localismos peligrosos.

El comportamiento guerrero y mafioso de las élites sociales modernas ayuda mucho a eliminar la angustia sobre qué tipo de paraíso puede ganar cualquiera de nosotros una vez que la bomba nos caiga encima. A la angustia existencial la han tornado en inmediata e intrascendente para cualquiera que se arrogue el derecho venal de administrarla. De tanto pensar en esa posibilidad se nos está borrando el interés sobre el futuro inmediato. Y así es como tampoco nos interesa ni siquiera preocuparnos por la donación de órganos, o la clonación, o la investigación sobre células madre, o la crisis que se avecina en el soporte de la vida que aparece como mucho más inmediata a un iceberg nuclear en el rumbo de la civilización actual.

La solidaridad existe y como siempre ofrece recompensas invaluables y muy dignas. Pero la solidaridad no trasciende a los necesitados. Surge como autocompensación sistemática, no como prebenda.

Lo malo radica en que el mensaje de las dirigencias no es claro ni falto de interés. No es claro porque se transmite por un canal plagado de interferencias y malas voluntades interesadas en sodomizar a los recipientes. Y no es falto de interés porque para las clases dirigentes el que se salve debe pagar algún precio por el sustento. La alternativa es casi siempre que el apoyo se da condicionadamente a un plazo que obligue a renovar el contrato.

Otra metáfora relevante:

“Imagínese un crucero que recorre las tranquilas aguas del Caribe.
En la primera clase viajan los millonarios; en la segunda clase viajan profesionales, cuentapropistas, jubilados decentes y, en fin familias de gente común que, esfuerzo mediante (si usted es un escéptico o un realista irredento, recuerde que se trata sólo de unjuego imaginario), por fin viven el sueño del dolce far niente. En el sector inferior de la nave, cerca de la sala de máquinas convive la tripulación.

Una noche en que se celebra un “Champagne Party” en los lujosos salones de la primera clase, el capitán anuncia en distintas lenguas que acaba de estallar un nuevo e inesperado conflicto bélico en un mar cercano. También anuncia que al día siguiente, en cuanto se arribe a
puerto, los pasajeros y la tripulación contarán con la opción de descender de a bordo ya que, de allí en más, toda persona que se encuentre en la nave, aún poniendo en riesgo su propia vida , será obligado a realizar una labor solidaria, ocupándose de los heridos de guerra que la nave rescatará de alta mar.

Imagínese además que, una vez en el puerto, la mayoría de los millonarios – tras disfrutar del jolgorio – abandonan la nave. Les siguen las familias, quienes pese a no haber sido invitadas al evento, alcanzan a escuchar, lejana pero a tiempo, la voz del capitán, y optan por descender a tierra. Por supuesto, hay quienes también deciden, autónoma y libremente, permanecer en la nave. Al fin y al cabo, ¿por qué no comprometerse en una acción solidaria que tal vez incluso hasta los sobreviva?

Pero la tripulación no corre la misma suerte: unos dicen que allí abajo, donde los ruidos de la nave ensordecen o, en el mejor de los casos, casi se confunden con el rumor del mar, no se oyó la muy lejana voz del capitán. Otros alegan que no entendían su idioma. Lo cierto es que ni se enteraron de la fatídica novedad.”

La metáfora ha sido extraída de:

“Inteligencia Etica para la vida cotidiana”, de Diana Cohen Agrest.

Abrazos.

Homa

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